En el fondo del arte,
colmena en ebullición, vive la alegría.
Es difícil de conservar, y
difícil de explicar
a quien no es un especialista.
VIKTOR SKLOVSKI (El
lenguaje cinematográfico)
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| Interior del Pabellón de España en Bruselas, Corrales y Molezún 1958 |
Cuando hace algunos años se publicó
el libro de Rosalind Krauss La originalidad de la Vanguardia y otros mitos
modernos, recuerdo la sorpresa que me causó comprobar el gran parecido
existente entre el Pabellón de España en Bruselas con los croquis de una
iglesia que se mencionaba en uno de sus artículos y cuya planta estaba también
basada en una retícula de hexágonos.
Pero como ambos eran proyectos de los años cincuenta, no era el recurso a la
geometría hexagonal lo que más las emparejaba ya que por entonces resultaba
bastante común ver paneles de abeja por todas partes. Sin ir más lejos, justo
enfrente a donde se construyó el pabellón español en el Parque Heysel de
Bruselas, se encontraba el que hiciera Werner Gantenbein para la representación
Suiza. Como aquél, su planta estaba constituida por una malla de hexágonos,
pero por el contrario, cada celda estaba cubierta con un tejado a dos aguas
siguiendo la misma dirección.
El hecho es que desde que a finales de los treinta, Frank Lloyd Wright le
concediera tan destacada importancia al uso del panel de abeja para la
geometría de sus plantas, unido al creciente interés que despertara la
arquitectura “orgánica” en los cincuenta, no resultaba
infrecuente ver nuevas construcciones con elementos inspirados, más o menos
literalmente, en la metáfora biológica de las abejas y sus colmenas.
Sin embargo, lo que más me llamó la atención fue, sin duda, la forma en la que
ambas habían decidido realizar su cubierta mediante la repetición de módulos en
forma de paraguas, creando así, el característico bosque de columnas de las
salas hipóstilas. Aunque, tampoco este segundo rasgo era, por sí sólo, el gesto
más determinante de la originalidad de estas propuestas. Lo que sí resultaba
chocante era la conjunción de ambas cosas en una. ¿Por entonces me pregunté,
cómo es posible que el propio Wrigth no hubiera utilizado ya esos dos elementos
formales? Porque, no cabe duda que cada uno por separado –la utilización de las
retículas compositivas hexagonales de las casas usonianas y el módulo de cubrición
basado en la columna tejado de la Johnson Wax– podían considerarse
pertenecientes a su peculiar repertorio formal. Por alguna azarosa casualidad,
este efectivo hallazgo tipológico había quedado inexplorado hasta que con un
lustro más o menos de diferencia y en países tan distantes culturalmente como
la España de la posguerra y la triunfadora Estados Unidos, unos jóvenes
arquitectos habían dado con él utilizándolo en ambos casos para edificios de
uso público. Pero, quizá también tendríamos que reconocer, insistiendo de nuevo
en las semejanzas antes señaladas, que tanto una como otra, no podían tacharse
de arquitecturas puramente wrightianas, y aún menos, ser ejemplos de la
corriente orgánica que tan en boga estaba. Quien hubiera caído en esa
identificación, habría incurrido en una reducción en exceso esquemática basada
en una lectura superficial sólo figurativa. Emparentando la retícula de
hexágonos al módulo constructivo de la columna se conseguía unificar espacio y
estructura dándole un valor abstracto que nada tenía de wrightiano. Por mucho
que Tony Smith hubiera pasado dos años en el estudio de Frank Lloyd Wright, o a
pesar de que Corrales y Molezún estuvieran al día de las ideas que lo Zevi propagara
sobre el organicismo por doquier,
estos dos ejemplos se deslizaban hacia otros territorios.
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| Proyecto de iglesia de Tony Smith (c. 1950) |
Pero sepamos algo más acerca de esa
malograda iglesia. El proyecto fue ideado a principios de los cincuenta por
Tony Smith, quien contó, además, con la participación del pintor Jackson
Pollock al que había invitado a colaborar para que fuera él quien se hiciera
cargo de la realización de las decoraciones pictóricas del interior.
Al final la iglesia no se llevó a cabo, y quizá por ello, este curioso asunto
pasó bastante desapercibido entre la crítica especializada norteamericana.
También contribuiría a esto, seguramente, el hecho de que su propio autor, Tony
Smith, decidiera abandonar la arquitectura para dedicarse de lleno a la
escultura - actividad que a la postre le hiciera mundialmente famoso. La
crítica de arte Rosalind Krauss no fue la primera en sacar del oscuro cajón del
olvido este episodio menor en la biografía de Pollock. Lo había traído a
colación para poder rebatir la tesis de otro artículo anterior de E. A. Carmean,
quien en su trabajo afirmaba que las misteriosas pinturas en negro sobre blanco
que Jackson Pollock pintó en aquel periodo estaban relacionadas con los esbozos
preparatorios para la decoración de esa iglesia católica. Carmean creía que
existía una clara evidencia en el parecido figurativo que tenían dichas
pinturas con el tema de la Pasión, y en especial señalaba que su inspiración
procedía de la Crucifixión de Picasso de 1930. El inquietante abandono de la
abstracción que supuso el último periodo de Pollock y su desconcertante vuelta
a una compleja figuratividad habían causado cierta incomprensión entre muchos
críticos e historiadores que pensaban desde hacía tiempo que este pintor
representaba el máximo exponente de una rigurosa abstracción. Pero, si como
quedaba implícito en el artículo de Carmean, este retorno estaba estrictamente
vinculado con el encargo de la iglesia, la vuelta a la figuración venía
aminorada por los contenidos temáticos del encargo. Entonces, aquel regresivo
retorno a la dañina admiración que en sus comienzos profesara por la obra de
Picasso, tenían una justificación funcional, y la inmaculada biografía abstracta
de Pollock podía permanecer a salvo. Rosalind Krauss consideró que esta
interpretación metodológica falsificaba los verdaderos procedimientos teóricos
usados por este pintor y por ello decidió escribir el artículo “una lectura
abstracta de Jackson Pollock” al que nos hemos referido al principio de estas
líneas, y en donde expuso su particular interpretación sobre la temática de la
abstracción en la obra de este pintor desvinculándola de la operatividad
figurativa producida por la sumisión a un tema concreto. Lo cierto es que aún
hoy esta última etapa de la pintura de Pollock sigue siendo muy debatida,
por lo que cualquier interpretación interesada del tipo causa-efecto entre
encargo y pintura como la que preconizaba Carmean, permitía abrir una falsa
salida y encubrir otras explicaciones menos proclives a entender la figura de
Pollock sólo como la de un gran puro formalista atemático. Fue el rechazo a una
interpretación tan sosegadora lo que llevó a Rosalind Krauss a argumentar sobre
la falacia de la explicación causal teniéndose que adentrar en las nada fáciles
aguas donde se hacen evidentes los verdaderos contenidos temáticos en la
pintura de este autor por encima de los rasgos formales figurativos o
abstractos que las sustentan.
Igual que Rosalind Krauss rechazara
la imitación de Picasso como la mejor explicación de la temática figurativa de
la pintura de Pollock, a mí tampoco me resulta evidente que en nuestro caso sea
la obra de Wright, o el organicismo, donde tengamos que acudir para encontrar
las explicaciones que nos permitan hablar de lo que subyace detrás de la significación de la arquitectura de los dos ejemplos anteriores. A esa labor vamos a dedicar estas líneas en las que
intentaremos demostrar cómo en el Pabellón de España es posible
ver rasgos absolutamente novedosos que anticiparan planteamientos artísticos nuevos para su época.
Geometría y naturaleza
Pero quisiera proseguir
desmenuzando algo más los parecidos entre el pabellón de Bruselas y la iglesia
de Smith para mostrar cómo, pasada la primera impresión, no son tantas las
semejanzas, cómo comienzan a aflorar también las diferencias. Por lo pronto,
nadie pasará por alto de qué forma tan distinta se asientan sobre el terreno.
De la misma manera resultan fácilmente visibles las discordancias constructivas,
sobre todo en la forma de resolver los paraguas de las cubiertas. Efectivamente,
analicemos en primer lugar cómo se pensaron estos elementos. La sombrilla del
pabellón es autónoma, se enarbola desde el suelo con su mástil al que un
sistema secundario, parecido al del ramaje vegetal, le permite extenderse para
apoyar unos paneles triangulares que asemejan el follaje en una planta de
grandes hojas. En la iglesia, aun sin saber bien cómo se realizaría su
construcción –recordemos que no es mucho el material del que disponemos–, se
hace evidente por la sección y la maqueta que se trata de dos estructuras
sobrepuestas en vertical. Se ve claramente que existe un sistema inferior, de
hormigón, por ejemplo, y otro superior similar en cuanto a forma pero diferente
en cuanto a su confección. Éste último, no parece estar fabricado mediante una
masa continua y sólida como en el primero, sino que parece estar hecho mediante
un armazón lenticular con dos capas, una superior y otra interna
–estructuralmente de compresión y de tracción, como la rueda de una bicicleta–,
y en algún caso de vidrio, lo que introduce cierta variación en el módulo que
tan escrupulosamente se respeta en la parte baja. El otro aspecto en el que se
aprecian diferencias es en el modo de relacionarse con su entorno, máxime si
tenemos en cuenta que ambas hacen uso de la misma geometría reticular. Smith
crea un nuevo suelo abstracto a unos metros del terreno que duplica en el plano
del techo mediante la repetición de cada unidad hexagonal. El pilar de sujeción
de los paraguas reproduce en más estrecho el inferior mientras que los cierres
laterales son opacos con alguna apertura rasgada en alto, por encima de la
visión del horizonte. El caso del pabellón de Bruselas es bien distinto. Lo
primero a lo que me referiré es a la manera en la que se hicieron sus paredes
verticales que de suelo a techo crean una falsilla de renglones horizontales
separados un metro entre sí. Esta modulación en altura será la encargada,
renglón a renglón, de permitir que el pavimento y la cubierta vayan adaptándose
a los desniveles del terreno. El espacio entrelineado está acristalado
permitiendo la transparencia del interior con el exterior salvo en algunos
plementos, los menos, cegados con ladrillo para permitir la colocación de los
paneles expositivos.
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| Planta y sección de la iglesia de Tony Smith |
Por tanto, como decía antes,
después de este análisis es fácil afirmar que se trata de dos arquitecturas
cuyos contenidos temáticos claramente divergen: una está basada en la geometría
de un espacio ideal modulado –un espacio homogéneo generado a base de elementos
hexagonales que crean un campo libre sobre el que se materializa el espacio que
acoge la iglesia. Frente a esa malla continua, el pabellón –que es igualmente
hexagonal– se reafirma en una flexibilidad atenta a la repetición de su matriz
generadora con la que estructura un lugar sin geometrizar. Así, una construye
un espacio no referencial y cerrado al exterior frente a la otra que tiene
mayor apertura y comunicabilidad. La primera es inmóvil y está suspendida,
izada, mientras que la segunda es fluctuante y está apegada al terreno, es
decir, se esparce hacia los lados. En definitiva, la iglesia está formada por
una modulación espacial de carácter exógeno (al conjunto, de necesitar nuevas
células, éstas serían adosadas siguiendo la modulación hexagonal preformada y
serían adheridas al perímetro desde fuera) mientras que el pabellón tiene un
carácter más endógeno (crece y se extiende mediante nuevas células cuya matriz
surge más desde dentro que al contrario).
Es evidente que en ambos casos estamos hablando de un mismo tema: aquel de las
pautas geométricas que generan su arquitectura. Un tema bien abstracto en donde
estas divergencias se hacen concluyentes.
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| Planta del Pabellón de España en la Exposición Universal de Bruselas 1958 |
Pero aun es posible continuar
mostrando otras diferencias notables. Para ello me resulta interesante tratar
ahora de hacer una aproximación más fenomenológica y describir cómo sería la
experiencia que se tendría al entrar en ambos interiores. Quizá lo más
llamativo de la iglesia, de haberse finalmente construido, hubiera sido el
aislamiento que se habría logrado tener dentro de ella –resulta chocante hacer
notar qué pocos ejemplos hay de templos suspendidos. Para entrar allí, primero
tendríamos que haber recorrido una rampa inclinada y atravesado un pequeño
puente. Este pasaje recalcaría el hecho de que la iglesia no está tocando el
suelo. Una vez traspasada la puerta apenas sí se tendría relación con el mundo
que nos rodea. Una fuerte luz cenital iluminaría el centro del espacio mientras
que las paredes tendrían cierta claridad reflejada pero sin que se percibiera
la procedencia de dicha fuente luminosa. Por el contrario, la experiencia
fenomenológica del pabellón es casi opuesta: lo que nos rodea está en todo
momento a la vista, la orografía del terreno se asume en el interior y nos
sabemos pisando el mismo suelo que vemos fuera. Por último, la luz entra
uniformemente por todas partes sin que se perciba en ella ningún tratamiento
formal voluntario. Es, por tanto innegable,
la diferente manera en la que la experiencia sensorial se produce en cada caso.
Se ve muy bien en el diametralmente opuesto sentido de la espacialidad que
tienen o en cómo se utiliza la luz en cada caso. En la primera la iluminación
está articulada como un valor funcional consciente y central, se modela y usa
de forma consciente. En el pabellón, cualquier voluntad intencional es, por el
contrario, evitada.
De nuevo, se nos brinda la
oportunidad de abordar otro tema en el que ambas arquitecturas vuelven a ser
divergentes. La iglesia, pensada desde una pureza ideal –platónica, si se
quiere–, contrasta con los procedimientos que se asumen en el pabellón y que
hacen gala de una abstracción más concreta y realista: podríamos decir casi
naturalista. En la primera se pone el acento en el espacio cerrado y focalizado
que indica un centro que coincide con el máximo de iluminación. Esta concentración
resulta de la necesidad funcional y que es trabajada conscientemente por el
arquitecto. Frente a ella se puede ver la naturalidad del objeto constructivo
ideado para conformar el pabellón que apenas sí confía en la espontánea
disposición que le permitirá irse fabricando. En el segundo caso, la
intencionalidad formal de los autores se circunscribe al diseño del elemento
modular primario, el parasol. Su diseño evidencia que ha sido elaborado de
forma muy matizada tanto en su propia concepción formal como en la manera en la
que se le permite variar para una mejor adaptación a las diferente
contingencias extremas (entrada, terraza, sótano, salón de actos...). Por el
contrario, su acomodo, su disposición en el terreno se asume de un modo
totalmente neutro y acepta las modificaciones sin denotar determinación alguna
en que se varíe.
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| Sección del lucernario de la iglesia |
Como último ejemplo de la
disparidad temática de estas arquitecturas trataré de encontrar con cuál
tipología arquetípica se podrían adscribir cada una. La iglesia se relaciona claramente
con las edificaciones cerradas, y más concretamente con el refugio elevado (el
palafito, la cabaña en el árbol, el hórreo...). Frente a ella, el pabellón
pertenece a las construcciones ligeras, desmontables, y en particular a las que
se sitúan sobre el terreno y son abiertas al entorno (el cobertizo, el
entoldado, el umbráculo...). Así que después de todas las explicaciones que he
dado, podemos afirmar que entre estos edificios, a pesar de su incuestionable
parecido morfológico no nos es posible hablar de semejanza sintáctica (su
sistema de generarse a partir de una misma geometría conduce a caminos
opuestos), modal (su percepción no puede ser más diversa) o de género (las
tipologías constructivo funcionales son también muy diferentes). Por lo tanto,
difícilmente podrían pertenecer a una misma familia temática, es decir, al
poner en relación dos arquitecturas morfológicamente cercanas, otras
características menos epiteliales pero tan determinantes como ellas nos evidencian
lo distintas que son.
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| Interior del pabellón desde la zona baja |
Y aquí reside, por tanto, el
problema de determinar el verdadero tema subyacente a cada arquitectura. Si el
parecido formal con el que comencé estas líneas sólo nos permite hablar de
semejanzas puramente epiteliales, y por tanto, no muy representativas, ¿dónde
deberíamos situar la auténtica temática de estas arquitecturas? ¿Son aquellos
otros análisis mejores o más verdaderos? Hay quien podía pensar que la
verdadera temática de la arquitectura es aquella que queda ligada en exclusiva
al desciframiento de la originaria voluntad de los autores que la proyectaron,
sea esta voluntad consciente o inconsciente. Sin embargo, no podemos rechazar
las interpretaciones que se realizan sobre el objeto arquitectónico como ente
independiente de la autoría. ¿Existen entonces interpretaciones mejores y
peores, más o menos sustanciales a la hora de poder hablar sobre cuál es el
verdadero tema que caracteriza cada arquitectura? ¿O, todas las aproximaciones
son valiosas y deben ser investigadas y consideradas por igual? Y concluiré con
la pregunta, ¿cómo saber cuáles entre todas ellas son falsas interpretaciones?
Pasemos
antes de contestar a esas preguntas a realizar un pequeño excursus para señalar una característica general de la arquitectura,
una que la particulariza frente a otras emanaciones artísticas: para hablar de
ella, para explicarla, la arquitectura no requiere en gran medida de su
inextricable fabricación, no ha de ser un objeto tangible, real. Pero a esto
habremos de añadir una precisión más: esto es así, sólo por la experiencia
acumulada a través de lo que representa la construcción de otras muchas
arquitecturas, tan sólo por eso nos es posible hablar de esas arquitecturas inexistentes.
Curiosa paradoja que nos permite reflexionar sobre una existencia sin que ésta
se produzca y que sólo por el hecho de producirse en la semejanza a otros
modelos se nos autorice a teorizar sobre ella, incluso en su inexistencia.
Quizá resulte más fácil poner un ejemplo para aclararlo algo más. Pensemos en
el templo de Salomón: pensemos en el aún por descubrir, es decir, en el resto
arqueológico, o en la transmisión bíblico literaria de esa construcción.
Reflexionemos lo mucho que se ha hablado de los infinitos templos de Salomón dibujados
durante siglos o de los muchos ejecutados a su pretendida imagen y semejanza.
Por eso, no deja de ser interesante ver el diferente papel que juega el dibujo
en la arquitectura frente a lo que resulta para la escultura o la pintura. La
arquitectura, o mejor dicho la actividad artístico intelectual relacionada con
ella, está más próxima aquí a la música que a las demás artes plásticas
convencionales. Es evidente que una partitura no puede considerarse de la misma
cualidad que la música ejecutada, como tampoco lo es para la arquitectura su
presentación a partir de planos o maquetas, pero mucho de lo que esa
experiencia artística acabará por retener al verse finalmente construida es
evidente que subyace en gran medida, ya anudada desde su origen, en lo que fue dibujado.
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| Croquis de la iglesia |
Pasemos ahora, sin abandonar
todavía la línea argumental sobre la temática de la arquitectura, a considerar
el referente figurativo que puede asociarse al Pabellón de España en Bruselas.
Para ello trataré de encontrar un objeto al que desde ella se quiere evocar, es
decir el elemento al que ésta simbolice. Toda arquitectura es susceptible de
ser entendida como un conjunto de signos portadores de mensajes, como una
globalidad o como el conjunto de todos los elementos aislados que la conforman.
Como signo o conjunto de signos, cada arquitectura puede servir para condensar
múltiples significados descifrables que a través de nuestros códigos culturales
podemos traducir y desarrollar en aspectos que son asociados con ella. ¿Es aquí
donde debemos buscar el tema de la arquitectura? Sin duda los semiólogos
afirmarían que sí, que la arquitectura es sólo un conjunto de signos a la
espera de un intérprete. Por ello, me resulta interesante recordar la división
establecida por el lingüista norteamericano Peirce sobre los tipos distintos de
signos que se pueden encontrar.
Son de tres clases: índices, iconos y símbolos. Sobre cada objeto o en cada
elemento que denominamos signo estas tres categorías pueden darse cada una por
separado o bien entrelazadas. De esta triada, la primera categoría es conocida
como índex o índice, son aquellos que se producen en ausencia del objeto al que
se identifican. Entre él signo y el objeto al que alude existe una relación
directa que los liga mediante una propiedad física: son elementos distintos,
uno presente y otro ausente. Existen muchos casos y son muy comunes: el dedo
índice que nos señala algo, el humo que nos evoca el fuego, las hojas
revoloteando que nos indican el viento... Las huellas, las pistas, los restos,
las sombras, etc., pertenecen todos a este tipo primario de signos. Los
segundos según la referida clasificación que hiciera Peirce son los que
denominó iconos. En ellos se establecen su parentesco por el parecido que
existe entre los signos y el objeto al que aluden por su semejanza formal. Por
último están los signos que denominó símbolos que establecen su relación por
métodos denotativos, por convención (la pureza en la luz, el temor en la
oscuridad...). Ellos son los propios y exclusivos del hombre que lo diferencia
de todos los demás animales que sí utilizan signos indéticos e icónicos. El
lenguaje es uno de los ejemplos más destacados de esta última categoría aunque
existan otras muchas. Hasta ahora, en los análisis realizados en lo que
precede, he elaborado signos mayoritariamente simbólicos, aunque en alguna ocasión
he utilizado la interpretación de signos icónicos.
Trataré ahora de ver hacia dónde
conduce este camino de la interpretación del pabellón sobre los signos
icónicos. Lo primero que nos salta a la cabeza a la hora de asociar al pabellón
con algún otro objeto natural o artificial es su semejanza con una
concentración arbórea. Pero quizá esta interpretación deba hacerla algo más
despacio ya que podría suceder que los árboles no nos dejen ver el bosque. Para
ver el bosque es necesario que establezcamos primeramente el icono elemental
del árbol como parecido sígnico sobre el que construir esta semejanza. Entonces
las sombrillas, los paraguas, etc., serían también manifestaciones icónicas del
árbol (no perdamos de vista que habría otros tipos de sombrillas como el palio
o la toldilla no tan directamente asimilables por parecido con el árbol). No es
casualidad que en uno de los recortes de prensa que guardaban los arquitectos
de los diarios de la época podamos leer la simpática apreciación de una
periodista que mandaba una crónica un poco ligera y que con cierto desparpajo
decía al referirse al interior que “tenía la impresión de andar entre las
palmeras de Elche”.
La importancia del árbol, o del bosque para ser más preciso, es vital en el
tema del Pabellón de España ya que podríamos usarlo como una explicación causa
efecto de la génesis del mismo.
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| Acceso al pabellón por su parte central |
Veamos cuál es la explicación que
los mismos arquitectos nos dan sobre los condicionantes del encargo. “El
concurso se convocó –nos dicen– con los siguientes datos: 1º. El terreno es una
colina irregular (...) La diferencia de cotas entre la parte central y los
bordes llega a veces a los seis metros. Aproximadamente, un 30 por 100 está
cubierto por un arbolado muy frondoso que era preciso respetar. El contorno del
terreno es irregular y fijado por líneas curvas. 2º Necesidad de construir sólo
un 70 por 100 de la parcela. 3º Conveniencia de elegir una construcción
prefabricada desmontable...”. La respuesta a
estos condicionantes no puede ser más directa: crear una malla que tenga la
mayor movilidad en las direcciones del espacio, encontrar una reproducción
constructiva de un elemento ligero y desmontable que se pueda ensamblar
fácilmente para que con ambas pueda respetarse la azarosa colocación del
arbolado. Es, por tanto importante que retengamos que la solución según los
arquitectos se produce al “encontrar una cubierta formada por elementos
autónomos en sustentación y desagüe. De esta forma se conseguiría la mayor
elasticidad en las plantas y en altura y una fácil adaptación a las
características antes citadas. Este elemento de cubierta se proyectó en forma
de sombrilla cóncava de planta hexagonal”.
Así que los arquitectos no explotan en ningún momento la imagen del árbol –que
sustituyen por la de la sombrilla o parasol–, lo que les hubiera reportado una
buena sintonía con el lugar y con las ideas orgánicas que se producían
entonces. Una imagen, sin embargo, que muy bien podría estar funcionando
subconscientemente en el origen de su propuesta. Recordemos que las bases imponían
algunas condiciones que en particular constreñían la libertad de los
concursantes. Dos entre ellas principalmente: la restricción del suelo
disponible y la imposibilidad de talar determinadas especies arbóreas. Las
otras dos condiciones eran, la inamovible imposición de un terreno con fuertes
desniveles y la sugerente invitación a que el pabellón fuera transportable.
Ahora bien, aplicando un conocido razonamiento psicoanalítico sabemos que toda
prohibición implica a la postre un rechazo o una aceptación, lo que trasladado
a la reacción que produce se convierte en un dilema: la invitación a la
trasgresión, o por el contrario, la conformidad y el sometimiento. Si la
sumisión es aceptada producirá un sentimiento de frustración. Éste, a su vez,
podrá ser nuevamente desdoblado generando una negadora aceptación o por el
contrario podrá dar como resultado a una sublimación. El resultado de esta
sublimación trae como corolario la aparición de un acto creativo. La opción por
la que se optó en este proyecto es evidente –se respetaron aquellas imposiciones
que los organizadores habían establecido. Pero, de la necesidad se hizo virtud:
a la imposibilidad de cortar determinados árboles se respondió de una forma muy
creativa: no sólo fueron respetados sino que fueron transformados y
multiplicados creando así un nuevo bosque artificial. Entonces, ¿por qué razón,
nos preguntamos, no hicieron uso los arquitectos de esta parábola tan sugerente
y cercana al encargo y se limitaron a nombrar las cosas por el nombre del objeto
artificial que más se le acercaba?
¿Pero, es acaso ese el verdadero
tema de su arquitectura? ¿El Pabellón de España representa la abstracción de
una estructura arbórea, de un bosque artificial? Pensemos que efectivamente, en
el origen del pabellón está la causa subconsciente de la sublimación de una
prohibición, pero ¿es tan importante esta explicación para entender el
Pabellón? Es sin duda, un buen punto de partida para aclarar algunos de los
fundamentos de su arquitectura, pero, ¿hasta qué punto establecería el tema que
subyace en el Pabellón? Podríamos decir que se trataba de una representación
encubierta con profundas raíces figurativas, un buen ejemplo del uso de un
signo icónico. Pero, no será por el contrario que debajo de ella subyacen otros
intereses temáticos que caracterizan mejor esta construcción. Para Rossalind
Krauss el tema que maneja Smith en su iglesia, como en otros de sus proyectos
hexagonales, no es otro que tratar de lograr “una apertura a la experiencia
abstracta del Entendimiento”.
Apertura que traerá consigo un espacio luminoso e ingrávido cargado de sentido
por un uso determinado ligado con su utilidad como templo pero universal y
homogéneo en cuanto a su concepción geométrica, algo que esta autora nos pone
directamente en relación con las pinturas all-over de Pollock.
Para comprender el Pabellón en
términos semejantes es importante que primero establezcamos su relación con las
obras de sus arquitectos más próximas a él en el tiempo: la escuela de Herrera
de Pisuerga y la residencia de Miraflores, ésta última junto a Alejandro de la
Sota.
En todas ellas existe una misma preocupación por la fabricación del objeto que
es, a la postre, la que determina la forma del edificio. El tema no es otro que
la plasmación de un sistema constructivo capaz de materializar el programa, que
permita resolver su uso, que en definitiva, genere la forma que va a tener el
proyecto. El tejado de las cerchas entrelazadas de las escuelas de Pisuerga y
su búsqueda de una sorprendente trasparencia luminosa, el faldón de pendiente
continua de la cubierta de la residencia de Miraflores en paralelo a la del
terreno donde se coloca, con una inclinación muy acusada, o las celdas
autoportantes y de desagüe propio del pabellón de Bruselas dentro de un bosque.
Sin embargo, esta explicación del
tema de la arquitectura del pabellón no llega a determinar su sentido más
esencial. Quizá lo que más caracterice al pabellón sea, como Rossalind Krauss
señala en el caso de la iglesia, la búsqueda de que en su interior se perciba otra
apertura de la experiencia abstracta, la que se consigue al percibir la fluidez
de un espacio abierto en su penetrabilidad horizontal pero que discurre entre
planos paralelos suelo-techo fluctuantes. La misma que tenemos al adentrarnos
en un bosque, es decir, dentro de un ámbito que se produce como valor
arquetípico en la Naturaleza y que nuestra experiencia sensorial categoriza de
manera abstracta. La reformulación de esa experiencia concreta es lo que se
materializó dentro del pabellón. Una abstracción de una experiencia humana, de
una percepción fenomenológica, pero reproducida de forma artificial mediante la
arquitectura. Por eso, cuando miramos las fotos de su interior, tanto de noche
como de día, nos parece un lugar de ensueño, es decir, recreado por nuestra
mente sobre la base de lo previamente memorizado, con una intencionalidad subyacente
que no resulta evidente. Tenemos la sensación de estar mirando un espacio
irreal, cinético, casi cinematográfico. Entiéndase, no de un espacio que puede
ser visto en una pantalla de cine, sino de un espacio que logra transmitir la
sensación de fluidez que tiene la cámara al moverse con la rutilante
fluctuación de los cambios de luz y sombra sobre la pantalla, con el rumoroso traqueteo
del pasar de los fotogramas. Es un espacio compuesto por elementos iguales que
siempre es diferente, el lugar donde uno se pierde, donde las referencias al
subir y bajar, al girar, al pasear no tienen ninguna finalidad, ninguna
dirección concreta. Sólo acentos, sólo cambios inesperados dentro de la misma
trama, como los lugares concretos que descubrimos dentro del bosque. La
experiencia de lo natural es reconstruida sólo desde lo que tiene de fenómeno
abstracto, y no como imitación, como iconicidad. Una experiencia que por su
puesto se puede tener dentro de otras muchas arquitecturas previas pero que aquí
se formuló de una manera novedosa y muy sugerente.